La propietaria

Desde la estación a la que he llegado, tengo que andar bastante. Camino por unas calles muy transitadas por vehículos y peatones. Esto no es el centro de esta gran ciudad, pero tiene más movimiento que el centro de muchas ciudades que conozco. Imagino que por eso es una gran ciudad. Por todos lados, inmobiliarias. Por todos esos antiguos edificios, carteles de SE VENDE en los pisos. Detrás de esos carteles tal vez haya gangas, a lo mejor estos vecinos no saben nada del boom inmobiliario, pero ya no tengo curiosidad, hace tiempo la idea de comprar me quitaba el sueño, hasta que decidí que no era sensato. Desde entonces busco un piso en alquiler donde mudarme, no me importa que todo el mundo me diga que alquilar es tirar el dinero. Ahora me dirijo a ver un apartamento en una zona nueva, creada dentro de un distrito más antiguo.
La propietaria me dijo que no fuera a la dirección que me dio, sino que la esperara en un punto concreto antes de adentrarme en el barrio, y que la llamara al móvil para que ella pasara a recogerme. El motivo es que esa dirección todavía no figura en ningún callejero. Pero como he llegado muy pronto, decido aventurarme a buscarla por mí mismo. En cuanto me adentro en esta zona percibo el contraste. Aquí no hay vida. Todo está recién construido o terminándose de construir, con grandes carteles invitándote a visitar un piso piloto. Los edificios recién construidos muestran pegatinas de SE VENDE en muchas de sus ventanas, aunque está claro que estos "vecinos" sí que conocen muy bien el boom. Me es imposible encontrar la calle porque tampoco veo a nadie a quién preguntarle. Cuando estoy apunto de rendirme, y me dispongo a llamarla, me doy cuenta de que estoy justo en la calle y a pocos metros del número que me dijo. Como prometía el anuncio, se trata de una comunidad nueva con portero y vídeo-vigilancia, y al fondo se adivina la piscina. Utilizo el móvil:
- Ya estoy aquí.
- Voy para abajo.
Cinco minutos después la veo salir del recinto. Me extraña, porque me dijo que no iba a estar en el apartamento cuando yo llegara. Es una mujer de cuarenta y muchos, que parece bastante simpática y sobre todo educada. Entramos al recinto. Es entonces cuando me dice que ella también vive aquí. Imagino que ha comprado un piso para vivir y otro como inversión. A mí no me parece mal, no soy de los que creen que un puñado de los llamados "especuladores" son los culpables de que se dispare el precio de las viviendas. Además la mujer me resulta agradable, me cae bien:
- Ésta es la piscina.
Las he visto mejores, pero no está mal. Lo mejor es que no hay mucha gente bañándose. Seguramente estén ahí todos los vecinos, a juzgar por la cantidad de pisos que hay vacíos.
- ¿Desde qué día del año está abierta la piscina?
- No sé, creo que a mediados de junio, a mí no me gusta nada el sol. ¿Quieres alquilar el piso por mucho tiempo?
Estamos ya en el ascensor.
- Pues sí... No sé cuánto pero mucho. De hecho ya llevo muchos años en esta ciudad.
- ¿De dónde eres?
Suelen hablar bien del sitio de donde vienes cuando eres un cliente, aunque a esta mujer parece que de verdad le guste mi ciudad natal.
- ¿No estáis ahora de fiestas allí?
Abre la puerta del piso. A partir de ahora, todo lo que veo está reluciente. En un recibidor pequeñito están los interruptores generales de la luz y los manipula algo enfadada.
- Los de la inmobiliaria siempre dejan todo encendido.
No me cuadra que haya contratado a una inmobiliaria para alquilar el piso y lo esté enseñando también ella. Me enseña la cocina. Los muebles son demasiado pequeños para mi gusto, pero lo peor es que faltan la lavadora y el frigorífico. El horno me lo dejaría porque ha conseguido otro para su piso. La cocina es americana, con su ventanita que da al salón y...
- Esto da al salón y al dormitorio que te voy a enseñar ahora.
Es decir, que da al salón-dormitorio. Perfecto. No es un apartamento, es un estudio. No me sirve. Para una persona vale, pero yo voy a vivir con mi pareja y necesitamos más espacio. Además, por ese precio he visto apartamentos amueblados con habitación independiente, y una cocina completa bastante más grande. Seguiré viendo el piso por cortesía, total, ya he perdido la tarde, pero ya sé que no me interesa.
Desde la cocina veo una enorme pegatina de SE VENDE en la ventana del salón, y las cosas empiezan a cuadrarme. La inmobiliaria no le busca inquilinos, le busca compradores. Le comento en tono bromista pero, en el fondo, muy en serio:
- Si alquilo este piso, dejarás de tenerlo en venta, ¿no?
- Yo lo compré con intención de venderlo, pero a los de la inmobiliaria les está costando mucho, de modo que también lo intento alquilar, por eso te pregunté si te lo quedarías mucho tiempo. Lo que me interesa es quitármelo de encima aunque sea alquilándolo, pero no creas que con tu alquiler voy a cubrir la hipoteca.
Ya sé que no se cubre una hipoteca con un alquiler, eso pasaba hace meses, pero no ahora, con el metro cuadrado a 5.000 euros y el tipo de interés al alza. Está pidiendo un alquiler abusivo, pero tendría que poner uno prohibitivo para poder cubrir la letra. De esa forma, ni siquiera yo hubiera ido a ver el piso. En poco tiempo subirá el tipo de interés y la letra se pondrá por las nubes, casi no podrá pagarla, pero no podrá subir el alquiler, porque a mí me saldría más barato vivir en un hotel. Más adelante el tipo de interés subirá mucho más, y entonces se verá completamente ahogada por la letra. Pero mejor no comentarle nada, hacerse el tonto.
- Sí, he visto que casi todo por aquí está en venta, debe de ser dificilísimo vender.
- Imposible. Pero bueno, estos pisos los entregaron en diciembre y yo lo puse en venta en enero. Aún estamos en agosto y dicen por ahí que el tiempo medio necesario para vender es un año. Debería tener más paciencia, pero es que necesito el dinero ya.
Sí, el tiempo "medio" es un año. Y el metro cuadrado "medio" está a la mitad de lo que ella pide. Lo que esta mujer no sabe es que esas medias son datos de todo el territorio nacional, donde se incluyen provincias donde al boom inmobiliario todavía le queda algo de salud, aquí hace mucho que ha tocado techo. Tal vez ella necesite bastante más de un año para vender porque detrás de alguno de esos pisos vacíos habrá otros vendedores bastante menos desesperados, que puedan rebajar cómodamente y que venderán primero. Después le tocará el turno a ella, si tiene suerte y habiendo rebajado también.
El piso me lo enseña en diez minutos. A mí me hubieran sobrado nueve para verlo. La mujer se vuelve a la cocina para explicarme que en el hueco del frigorífico cabe una nevera grande, es evidente que ya no sabe qué decir para colocar el piso.
- Yo vivo en aquel - me señala su ventana - que es igual que éste y mi nevera no cabía, tengo que dejar cerrada media ventana de la cocina.
Entonces empiezo a sentir lástima. La mujer compró dos zulos como éste en esta comunidad con la esperanza de poder vivir en uno de ellos y vender el otro. No le está saliendo bien ninguna de las dos cosas, porque parece estar sola y sin poder vender. Lo peor es que está soportando dos hipotecas. O a lo mejor antes tenía una enorme fortuna que ha malgastado tontamente en una de esas ratoneras, y lo está pasando muy mal para pagar la ratonera sobrante, la cual es carísima y nadie quiere alquilarla, y mucho menos comprarla.
Reconozco que el resto de la comunidad es muy bonita. Aparte de piscina, tiene gimnasio, sauna, garaje y trastero, pero claro, yo y mi pareja viviríamos en la ratonera, no en el gimnasio. Mi plaza de garaje estaría al lado de la suya, donde está aparcado su coche, que es un turismo de gasolina de unos 15 años y completamente abollado. Si fuera ella, hace mucho que me hubiera librado de esa chatarra, intuyo que tengo mayor poder adquisitivo que ella. Me llama la atención también el trastero que es enorme, lo cual sólo sirve para recordarme que el estudio es ridículo. Bromeo:
- Ya podían haber utilizado parte del tamaño del trastero para agrandar el piso.
Ella no se lo toma a mal. Imagino que no entenderá por qué no puede vender un piso en la gran ciudad, con piscina, garaje, trastero, gimnasio, sauna, vídeo-vigilancia y portero físico por menos de 300.000 euros. Yo sé la respuesta: los compradores no pagan casi 50 millones por un piso de 47 metros en un barrio fantasma. Pero yo no quiero comprar, quiero alquilar. Le doy mi versión.
- Todo está muy bien, el problema es el piso que me parece demasiado pequeño para una pareja.
No le menciono el precio del alquiler, que es abusivo para un estudio de una persona.
- Comprendo. En cualquier caso, si cambias de idea, me llamas.
Todavía no me voy. Sigue la típica conversación de cortesía.
- ¿Por qué buscas piso aquí, con lo bonita que es tu ciudad?
- Fácil, aquí tengo trabajo.
- Yo tenía trabajo hasta hace poco. Mi empresa se fusionó y muchos fuimos despedidos.
- Ya, yo viví algo parecido con lo del boom tecnológico y...
- Sí, pero tú eres joven ¿Qué hace una mujer de 50 años como yo pidiendo trabajo en una oficina?. Estoy un poco quemada de todo esto, creo que me voy a la costa.
- Sí, allí se debe estar bien ahora, en la playa y...
- No, no, a la costa a trabajar. Quizás me den trabajo en alguna inmobiliaria, me han dicho que allí los pisos todavía se venden con facilidad.
Yo también he oído algo así. También he oído que un estudio como ese vale 50 millones en la capital. Espero que tenga suerte, que encuentre trabajo, que las hipotecas de sus zulos no le acorten la vida a esta mujer tan simpática. Pero me temo que se ha metido en un berenjenal del que no va a salir sana y salva. Si encuentra trabajo en la costa, todavía tiene que pagarse un alquiler allí, con lo poco que le gusta el sol. Mientras tanto su propiedad sin vender, y pidiéndole más y más dinero. En poco tiempo, el tipo de interés la estrangulará. Si las cosas siguen su curso, y no parece que haya cambios para mejor, llegarán las subastas y los embargos. En el mejor de los casos, suponiendo que uno de los dos estudios estuviera ya pagado, quizás pudiera vender los dos a un precio de ganga y liquidar así la hipoteca del segundo. Lo que tengo claro es que, a sus 50 años, la pobre mujer ha hecho el peor negocio de su vida.
Por fin nos despedimos.
- Lo dicho, si tienes cualquier duda me llamas. Las condiciones ya sabes cuáles son.
Había olvidado preguntarle este detalle. Normal, porque hace rato que no me interesaba el estudio.
- Sólo sé el precio, es lo que decía en Internet, 750 euros.
- Sí. Un mes de fianza y un año de aval, pero te lo puedo dejar en seis meses de aval si me presentas contrato indefinido, una buena nómina, etc. Haríamos un contrato de un año renovable a cinco.
La mujer hace una pausa, como si lo que estuviera diciendo fuera una tontería. Después continúa.
- Pero no vas a estar cinco años tirando el dinero, ¿no?







